Lo que quiero decir es más o menos...

más o menos... el espacio que hay entre palabra y palabra.




miércoles, 3 de noviembre de 2010

Por una cabeza... de un noble potrillo...


Alguna vez estuve al borde de la pista de un hipódromo, dibujada alrededor del césped verde, perfecto. Las líneas blancas que separan los carriles; los habitáculos que encierran a los potros y a sus jinetes, ansiosos ambos, en ebullición su carne y su sangre, contenidas por una sola y débil capa de piel tensa y ardiente. Y me dejé emocionar por la fuerza y la aparente bravura de un puñado de caballos largados en carrera.

Creía en lo bucólico de verla al borde de la pista. La largada intempestiva, la toma de posiciones de los potros o potrancas, las patas largas, fuertes; los músculos que se distinguen, al límite, bajo la piel lustrosa; Las fosas nasales dilatadas; la tierra que salta, atestiguando la huella de cada pezuña. Pero al retirarme un poco vi que había montones de personas mirando las carreras a través de monitores, a escasos metros de la pista. Entonces no pude más que pensar que no eran los caballos, la pista, los jinetes. Era lo que representaba ese puñado de caballos largados tras…Tras nada; solo en carrera a la meta. Será eso lo que hace que tanta gente los siga con la vista; la sangre hirviendo casi, el corazón a galope desbocado. Cada quien puede poner la meta que quiera, y cada 30 minutos hay una corrida que miente la posibilidad de alcanzarla.
Miente.

Muñecas, autitos, payana, playmóvil, Pin y Pon, escondida, mancha, pelota, soga. Ajedrez, trivial, naipes, desafíos, amores. Desde siempre y hasta siempre. Es una teoría que no necesita más confirmación que la vida misma.
Jugamos.



Al don, al don, al don pirulero...

Va a empezar a llover en cualquier momento; o a nevar, que el frío que se cuela entre las solapas del abrigo de lana azul y traspasa a punzadas las medias con rombos grises así lo anuncia.

Ana salió hoy al mundo entre callejuelas que eran todavía pura sombra; pasó rápido por la oficina a buscar los papeles que necesitaba para la reunión de las 10; aceptó un café que le había servido su compañera en la cocina para escuchar las andanzas del fin de semana y, sin haber dejado en ningún momento de ensayar mentalmente sus líneas para la presentación, volvió a salir a la calle, la bufanda roja al viento, para darse cuenta, mientras se internaba tras sus pasos en el rugir citadino, de que (Noooooo, Dioooossss) se había olvidado el paraguas en la mesa.
Y empezó a llover. Dónde, dónde, dónde …? Ahí! Un café.

Y entró Ana, buscando un techo, a falta de paraguas. Se sentó en la primer silla vacía que encontró del lado de la pared, un poco de perfil a los ventanales que daban a la calle mojada.
No más de 10 mesas, con patas de madera redondeada y tapa de mármol de un color que los años hicieron indefinible. De un lado, sobre la pared verde eucalipto, fotos de la ciudad, un día en que había sol; todas blanco y negro. Del otro, intercalados entre las columnas granate, espejos de todas las formas y de todos los tiempos. Auh! y unos ojos divinamente marrones en el espejo de marco azul!

Ana bajó la vista inquieta para tratar de interesarse en los papeles que ya había desordenado en la mesita y, sin poder decidir si poner azúcar o sacarina en su café con leche, tuvo que levantar la mirada. Pelo castaño, corto pero inquieto. Buen perfil; una nariz de esas que no engañan y.. Auh! Unos ojos divinamente marrones en el espejo de marco azul!

Otra vez la vista a los papeles. Olvidada ya de que la hoja tres viene después de la dos, Ana está sumergida en otro juego. Uno y dos sorbos a la taza edulcorada, dejando su huella de roush rojizo. Afuera sigue lloviendo; no hay casi gente en la callecita y las gotas, enormes, se sambullen en los charcos formando globos. Eso, le enseñó la nonna, quiere decir que no va a parar.

Uno, dos, tercer espejo al fondo. La está mirando, lo siente en ese huequito de cuello que le queda libre entre el pelo y la camisa, justo abajo del pendiente rubí. Ella hace que lee, o que mira la lluvia, o que …No importa qué! Y vuelve a buscar. Uno, dos, tercer espejo al fondo. Esa boca… Esa boca se mueve. Está leyendo. Ay, está leyendo! Qué, qué, a ver? Se estira el cuello blanco, se estira la espalda ya erguida, se estiran las piernas largas bajo la mesa red… Se caen los papeles, se desparraman por el suelo…Ridículamente redonda la mesa.

Qué vergüenza, qué vergüenza!

Zapatillas grises, jean azul, manos amplias en mangas blancas que la ayudan a recoger la hoja uno, la dos, la diez. Esa boca… Esa boca se ríe. Esos ojos divinamente marrones se ríen. Y se va, llevándose su nuca inquietante.


Y su boca roja devuelve, ahora, la sonrisa. Reorganiza las hojas; uno, dos, tres y después la cuatro. Paga el café con leche, se pone el abrigo azul, y sale, la bufanda roja al viento; que a las 10 tiene una reunión.

Cada cual, cada cual, atiende su juego…
http://www.youtube.com/watch?v=iGcg_2z9igc&feature=related

Receta relacionada:
http://recetariodeanaqueles.blogspot.com/2010/11/budin-de-zanahoria.html





3 comentarios:

Carlos dijo...

La vida no debería ser ninguna carrera, ni siquiera la Tierra hace por correr mas que Marte, pero un día descubrimos que somos tiempo y el nos enseñó a competir. Veloz pasa en el hipódromo y eterno parece hacerse en el café, pero la lluvia puede cambiarlo todo en ambos casos :)

Bienvenida y muchas gracias por tu comentario. Me refería con lo de fortuna a que por suerte existe esa base, esa labor social que conciencia para que tiempos pasados no vuelvan con sus demonios, pero no hay que bajar la guardia y seguir luchando porque aun hay mucho por hacer.

La chica en la ventana. dijo...

sigamos luchando con una letra atrás de otra entonces.
Te doy la bienvenida con ruido de cacerolas!

OjosMiel. dijo...

El corazón desbocado, qué fantástico sentirlo así.