Lo que quiero decir es más o menos...

más o menos... el espacio que hay entre palabra y palabra.




sábado, 1 de octubre de 2011

Madrid me encanta








y se me alza en el pecho inolvidable
el gran amor de la ciudad nativa

domingo, 5 de junio de 2011

El secreto

Una falda azul; azul celeste, que ondea con el viento.Tiene algo así como pétalos de alguna flor roja. Chiquitos, sutiles como dientes de león coloreados que alguien haya ya soplado pidiendo tres deseos.


La rueda de bicicleta que lleva en la mano se balancea al vaivén del taconeo de sus zapatos planos. Cruza la calle, atravesando el paso de cebra con la naturalidad de quien ha hecho algo cientos de veces antes y puede seguir la memoria de su cuerpo mientras deja que la cabeza se distraiga plácidamente en alguna otra parte;                                lejos.

La veo desde el bar que está justo en la esquina. La veo. La miro. La vista al frente, una media sonrisa, los ojos brillantes. Se me enfría el café con leche viéndola alejarse; casi que me caigo de la silla, inclinándome para no perderla de vista mientras trato de divisar las ondas de la falda entre los troncos de los árboles que cortan la acera.


A dónde va? Qué sabe? Porque sabe algo. Sabe algo y quiero saberlo, porque la hace sonreír sola por la calle. Quiero saberlo porque hace que las rectísimas líneas blancas del paso de cebra que dicen que HAY que ir por ahí, se ondulen bajo sus pasos livianos porque ella elige pisarlas.

No es especialmente linda, ni llamativamente esbelta, o elegante. Sabe llevar algo tan inútil y desvalido como la rueda de una bicicleta desprendida del armazón que le da sentido y hacerlo parecer tan natural como una margarita creciendo en la sierra.



Receta relacionada:
http://recetariodeanaqueles.blogspot.com/2011/06/eterea.html

domingo, 6 de marzo de 2011

Las orquídeas se cierran por las noches y las vemos de un blanco casi puro que refleja la luz que la luna quiere darles.

A la mañana se abren con el sol y se ve su verdadero color.
¿Mintieron toda la noche?


Se veía azul, azul, azul. Pero era verde.



Receta relacionada:

lunes, 28 de febrero de 2011

Márgenes

 
La Asociación Internacional de Lucha contra
la Trata de Blancas designa aBuenos Aires como
"el peor de los centros del inmoral comercio de mujeres"





Queda solo un atisbo de sol que podría ser naranja y no lo es; que se hunde en lo más lejano que el riachuelo permite, estirando las sombras, más grises aún que el asfalto roto y mojado de las cercanías del puerto. Algún edificio de 3 o 4 pisos se esconde apenas tras las ramas desnudas de los árboles opacos que bordean la vereda. El único indicio de vida, aparte del ruido de los tacos de Greta, es el auto colorado que rompe con luces intermitentes el aire denso de llovizna fría que se evapora.

Greta avanza atenta; las manos en los bolsillos del abrigo negro, el bolso colgado del hombro.

Se siente el olor del agua espesa del rio, el olor de los barcos de carga que hace el aire más pesado y trae el eco del movimiento diurno; los sacos cayendo al piso, las grúas rompiendo el cielo, los marinos con sus voces de tabaco y alcohol.

Greta escucha otros pasos, más lentos; más toscos. Apura los suyos. Apuran los otros. Ya no escucha sus tacos, su respiración, el roce de su propia ropa con el movimiento del cuerpo.

Un grito corto y solapado que no llega siquiera a inquietar a las palomas que se durmieron con el sol. Cae el bolso al suelo húmedo y barroso. Ya no se escuchan pasos toscos, ya no se escuchan tacos asustados.

Su respiración, el roce de sus ropas, la rudeza de sus manos ásperas, unas ligeras gotas de lluvia sobre sus piernas desnudas.


Caen un par de billetes que la brisa del puerto quiere arrastrar pero que quedan anclados en una grieta del asfalto roto.












Receta relacionada:
http://recetariodeanaqueles.blogspot.com/2011/02/volcan-de-chocolate.html

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Impasse...



Me estiro en una curva gatuna que deja ver el perfil de mis costillas. Llego a tocar con el brazo derecho el ordenador sobre la mesa. Se me tensan los músculos con el recuerdo de una caricia en la cintura; de un recorrido imaginario que descubre mi espalda. Una pierna se desliza fuera del sofá sin que trate de impedirlo. Me duele el cuello y tengo los pies un poco fríos.
Entra un sol neblinoso de invierno por la ventana. No cerré las persianas porque la siesta la duermo con la luz que ofrezca el día y sin pijama.
Uno de mis gatos trata de no perder su lugar de privilegio en la manta mientras yo me dejo caer para terminar sentada en el piso, la remera levantada por el roce del sillón, dejando ver parte de la piel erizada de la espalda en contacto con el aire frío de la habitación que empieza a oscurecerse en una mezcla de luces y sombras que anuncia un anochecer otoñal. Uno de esos que ya están cerca del invierno.
Las plantas de mis pies reconocen el parquet; sintético, liso y se estiran los dedos hasta arañar la alfombra mullida, obligándome a levantar los muslos que se hielan mientras cae la manta. Mis brazos se alargan hacia la pared cubriéndose apenas con mis rizos. Se arquea mi espalda, cada vértebra al máximo. Fuerzo los hombros contra el sofá, que sede, hasta que se tocan los omóplatos.
Los ruidos que llegan de la calle son quedos y espaciados; despertándose, como yo, en una tarde de domingo. Un despertar que nunca llega a concluir, porque las tardes de domingo en invierno son como una duermevela de la ciudad.
La cabeza hacia atrás descansa en el asiento, contra el respaldo, dibujando el cuello en una línea que se adivina contra las últimas luces de la tarde. Me estremezco entera, como si toda la energía saliera desde el centro de mi, por cada centímetro de piel para rodearme de mi propio calor. Una especie de terremoto, de explosión interna que llega a mi superficie en forma de cosquillas de placer y me deja en paz, para volver acurrucarme; las rodillas contra el pecho, el gato ovillado a mis pies y la promesa de unos labios en el vientre.

Receta relacionada...
http://recetariodeanaqueles.blogspot.com/2010/11/sabor-de-invierno.html

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Por una cabeza... de un noble potrillo...


Alguna vez estuve al borde de la pista de un hipódromo, dibujada alrededor del césped verde, perfecto. Las líneas blancas que separan los carriles; los habitáculos que encierran a los potros y a sus jinetes, ansiosos ambos, en ebullición su carne y su sangre, contenidas por una sola y débil capa de piel tensa y ardiente. Y me dejé emocionar por la fuerza y la aparente bravura de un puñado de caballos largados en carrera.

Creía en lo bucólico de verla al borde de la pista. La largada intempestiva, la toma de posiciones de los potros o potrancas, las patas largas, fuertes; los músculos que se distinguen, al límite, bajo la piel lustrosa; Las fosas nasales dilatadas; la tierra que salta, atestiguando la huella de cada pezuña. Pero al retirarme un poco vi que había montones de personas mirando las carreras a través de monitores, a escasos metros de la pista. Entonces no pude más que pensar que no eran los caballos, la pista, los jinetes. Era lo que representaba ese puñado de caballos largados tras…Tras nada; solo en carrera a la meta. Será eso lo que hace que tanta gente los siga con la vista; la sangre hirviendo casi, el corazón a galope desbocado. Cada quien puede poner la meta que quiera, y cada 30 minutos hay una corrida que miente la posibilidad de alcanzarla.
Miente.

Muñecas, autitos, payana, playmóvil, Pin y Pon, escondida, mancha, pelota, soga. Ajedrez, trivial, naipes, desafíos, amores. Desde siempre y hasta siempre. Es una teoría que no necesita más confirmación que la vida misma.
Jugamos.



Al don, al don, al don pirulero...

Va a empezar a llover en cualquier momento; o a nevar, que el frío que se cuela entre las solapas del abrigo de lana azul y traspasa a punzadas las medias con rombos grises así lo anuncia.

Ana salió hoy al mundo entre callejuelas que eran todavía pura sombra; pasó rápido por la oficina a buscar los papeles que necesitaba para la reunión de las 10; aceptó un café que le había servido su compañera en la cocina para escuchar las andanzas del fin de semana y, sin haber dejado en ningún momento de ensayar mentalmente sus líneas para la presentación, volvió a salir a la calle, la bufanda roja al viento, para darse cuenta, mientras se internaba tras sus pasos en el rugir citadino, de que (Noooooo, Dioooossss) se había olvidado el paraguas en la mesa.
Y empezó a llover. Dónde, dónde, dónde …? Ahí! Un café.

Y entró Ana, buscando un techo, a falta de paraguas. Se sentó en la primer silla vacía que encontró del lado de la pared, un poco de perfil a los ventanales que daban a la calle mojada.
No más de 10 mesas, con patas de madera redondeada y tapa de mármol de un color que los años hicieron indefinible. De un lado, sobre la pared verde eucalipto, fotos de la ciudad, un día en que había sol; todas blanco y negro. Del otro, intercalados entre las columnas granate, espejos de todas las formas y de todos los tiempos. Auh! y unos ojos divinamente marrones en el espejo de marco azul!

Ana bajó la vista inquieta para tratar de interesarse en los papeles que ya había desordenado en la mesita y, sin poder decidir si poner azúcar o sacarina en su café con leche, tuvo que levantar la mirada. Pelo castaño, corto pero inquieto. Buen perfil; una nariz de esas que no engañan y.. Auh! Unos ojos divinamente marrones en el espejo de marco azul!

Otra vez la vista a los papeles. Olvidada ya de que la hoja tres viene después de la dos, Ana está sumergida en otro juego. Uno y dos sorbos a la taza edulcorada, dejando su huella de roush rojizo. Afuera sigue lloviendo; no hay casi gente en la callecita y las gotas, enormes, se sambullen en los charcos formando globos. Eso, le enseñó la nonna, quiere decir que no va a parar.

Uno, dos, tercer espejo al fondo. La está mirando, lo siente en ese huequito de cuello que le queda libre entre el pelo y la camisa, justo abajo del pendiente rubí. Ella hace que lee, o que mira la lluvia, o que …No importa qué! Y vuelve a buscar. Uno, dos, tercer espejo al fondo. Esa boca… Esa boca se mueve. Está leyendo. Ay, está leyendo! Qué, qué, a ver? Se estira el cuello blanco, se estira la espalda ya erguida, se estiran las piernas largas bajo la mesa red… Se caen los papeles, se desparraman por el suelo…Ridículamente redonda la mesa.

Qué vergüenza, qué vergüenza!

Zapatillas grises, jean azul, manos amplias en mangas blancas que la ayudan a recoger la hoja uno, la dos, la diez. Esa boca… Esa boca se ríe. Esos ojos divinamente marrones se ríen. Y se va, llevándose su nuca inquietante.


Y su boca roja devuelve, ahora, la sonrisa. Reorganiza las hojas; uno, dos, tres y después la cuatro. Paga el café con leche, se pone el abrigo azul, y sale, la bufanda roja al viento; que a las 10 tiene una reunión.

Cada cual, cada cual, atiende su juego…
http://www.youtube.com/watch?v=iGcg_2z9igc&feature=related

Receta relacionada:
http://recetariodeanaqueles.blogspot.com/2010/11/budin-de-zanahoria.html





martes, 6 de julio de 2010

Haciendo vida al andar



Hoy llueve. Lo escucho en el toldo verde como el álamo del colegio; en el cristal del salón, que adivino mojado; en el asfalto gris, que hoy estará casi negro y suena a agua cuando pasan los coches; en los truenos profundos, graves, sordos.

Rayos y centellas, como le decía Robin a Batman en la pantalla del canal infantil mientras mi nona preparaba panqueques y mi hermana y yo jugábamos a cabalgar con los almohadones del sofá.
Hoy llueve. Lo veo en el cielo gris y espeso como la espuma del mar que desarmaba a saltos de la mano de papá; tan gris, casi azul, moteado de golondrinas negras. En el verde más verde de las hojas de verano; en el naranja, muy naranja de las tejas españolas como las de la terraza de mi abuela.
Gota, gota, gotas, gotaaaaaaaas que se rompen en las veredas, en las terrazas, en las persianas todavía cerradas, en los paraguas ya abiertos.

“Bajo un cielo de paraguas bajo la lluvia” Así se llamaba un relato que escribí hace tiempo, cuando aún usaba hojas n°3, pluma azul y borratintas. Cuando las gotas caían pesadas sobre esos montones de paraguas de colores que amortiguaban el peso de las que llegaban a mojarme. Cuando, como Campanita en la tierra de Nunca Jamás, jugaba entre los árboles de un bosque imaginario.

Pero la tierra de Nunca Jamás se va desvaneciendo y un día Campanita se descubre bajando la cabeza porque su cielo de paraguas parece bajito. Justo ese día hay un paraguas que se cierra. Y otro día otro. Y otro; y otro, y otro. Dejan ver otro cielo, y la curiosidad la lleva a dar un salto.

Sobre un suelo de paraguas y bajo un cielo de verdad, el mundo no es el mismo. Se puede saltar del paraguas verde al azul y al rojo, al bordó y al amarillo.

Es cierto que las gotas caen con más fuerza, que las tejas españolas pueden romperse peligrosamente bajo nuestros pies y los cojines ya no sirven de montura. También es cierto que sin todos esos paraguas que tapaban un poco el horizonte, hay caminos que antes no se veían y prometen llevarme a Oz.

Los camino; uno, otro, y varios a la vez. Corro, me caigo, hago altos. Se cierra el paraguas verde, el azul, el amarillo, el bordó.

Hoy llueve. Lo siento en las gotas, gotas, gotasss que resbalan por mi piel. Abro el paraguas y lo siento en la bibración que provoca en mi mano el repiqueteo sobre la tela roja; y sigo caminando sobre las baldosas ocre, contra el cielo gris; tan gris, casi azul para encontrarme con un hombre al que le apetece verme; que me apetece ver.


Sigo sintiendo a Campanita; sigo siendo Campanita? Si? No. Si. No. Si. No. Si. No. Si…



http://recetariodeanaqueles.blogspot.com/2010/07/lemon-pie.html